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Maridaje o Concordancia,
arte o ciencia
La importancia de la
cultura
Recientemente en un curso de degustación surgió
una pregunta:
¿Cómo nace la idea de la armonía entre
platos y vinos?
Estoy inclinado a pensar que la elección
de un vino para acompañar a un plato tiene sus bases,
más en raíces culturales que fisiológicas.
Estas raíces a su vez descienden de las posibilidades
de la obtención de alimentos y vinos, o mejor digamos
bebida, dado que en muchos países el vino no es el
acompañante natural de los platos. Al mismo tiempo,
la cultura está signada por la geografía del
lugar.
Si desandamos el tiempo podremos ver que los pueblos de la
cuenca mediterránea se desarrollaron con el vino como
compañero. Digamos… ¿a partir de los griegos?...
En realidad antes…
Los pueblos bárbaros, los celtas, los vikingos no consumían
vinos, sino cerveza o un ancestro de ésta. Hecho que
se debe a la disponibilidad de cereales e imposibilidad de
la obtención de la uva.
El tiempo sumado a la cultura obran sobre la competencia
de vinos y comidas. Lo que antes consideramos como apreciables
en la actualidad no lo es.
Cuando las especias arribaron a Europa condicionaron su cocina
en forma casi irracional tanto que un viejo refrán
versaba “Aimez-vous la muscade? On en a mi partout”
(¿Os gusta la nuez moscada? Está por doquier).
El vino no escapo de ellas y era común aromatizarlo
con canela, clavo de olor, etcétera, etcétera,
etcétera…
En su libro “Cocinar hizo al hombre” (1980),
Faustino Cordón nos comenta: “Pienso, por ejemplo,
que intrínsecamente no es más adecuado el vino
tinto que el blanco para acompañar la carne, ni el
blanco más que el tinto para el pescado; sino que la
adecuación –hoy fuerte e indudable- se ha establecido
por costumbre y que ésta pudo tal vez iniciarse porque
el tinto, por su evocación de sangre roja, pareció
más conforme con la carne, y, por razón análoga,
el blanco más apropiado para el pescado (y, tal vez,
una asimilación parecida haya sugerido tomar el tinto
a temperatura ambiente por ser los mamíferos de sangre
caliente y, en cambio, refrescar el blanco en armonía
con el ‘medio frio’ del pez y con su sangre fría).
" Claro que, de haber sido originalmente así,
la doble sugerencia del color y temperatura, asimilación
mucho más insípida que los vinos, ha determinado
una costumbre, y ésta, a su vez, la selección
de tintos convenientes para ser consumidos a temperatura ambiente
y de blancos para ser consumidos fríos y, sobre todo,
ha educado nuestro gusto a asociar los platos de carne al
sabor astringente y cálido del tinto y los pescados
al más ligero del blanco.”
La
moda también hizo lo suyo
El desayuno griego consistía en pan mojado en vino
y éste era el único momento en que bebían
vino puro.
Durante las comidas (cena) no se consumía vino, sino
que era bebido una vez retiradas las últimas mesas
(platos) y daba comienzo el symposium.
Más adelante, en el siglo XIII, en los palacios reales
el primer servicio de las cenas consistía en las frutas
seguido de pan. El vino era ofrecido y servido según
la apetencia del comensal. Le seguían las carnes en
diferentes cocciones y se terminaba con frutas.
El vino, era en su mayoría el producido por los propietarios
de viñas de la localidad y de su tierra, o el llegado
a la alhóndiga de los centros productores cercanos.
La carne y pescado se adquirían usualmente en la carnicería
y en la pescadería, pero su compra estaba estrictamente
regulada con objeto de impedir el acaparamiento, garantizar
el abastecimiento del conjunto de la comunidad y evitar que
los productos o tajos identificadores de las clases desaparecieran.
La moda siempre la moda…
Nos ilustra Jean-François Revel en “Un festín
de palabras” (1980): “Hablar hoy día de
pedir ‘una docena de ostras con Chablis o Pouilly’
evoca enseguida una alianza de sabores muy precisa. Probablemente
esto no diga nada dentro de mil años, a un lector sin
idea de lo que era Chablis, como tampoco le dirá nada
el dato de que, a principios de siglo, las ostras, y sobre
todo las llamadas portuguesas se tomaban con Sauternes (lo
que hoy día no se lleva, y hasta parecería un
sacrilegio a los degustadores de mariscos de este final de
siglo XX). Ya que sin duda, este posible lector no tendrá
manera de saber que el Sauternes era un blanco dulce, mientras
el Chablis y Pouilly eran blancos secos”.
Hoy... ¿qué conocemos
sobre la concordancia?
La búsqueda de una combinación
ideal de un vino y un plato es eso, un ideal. No existe una
única solución.
Está basada en el fin hedonístico del placer.
No sólo nos alimentamos para cumplir con nuestras funciones
básicas de mantenimiento, sino que la elección
de los platos se cimienta en la obtención de un efímero
placer.
Dicha satisfacción se sostiene en encontrar que la
comida y la bebida generan respuestas sensoriales gratas,
cada una por separado, y en conjunto su efecto debería
tener un efecto sinergético.
Este placer se experimenta al estimular los centros sensitivos
de nuestra nariz y boca (sobre el particular podrá
encontrar más información e el libro “Degustando
Vinos Argentinos" de mi autoría).
De ellos nos interesa el postgusto y el retrogusto, términos
que muy frecuentemente y erróneamente son utilizados
como sinónimos.
- Postgusto: sabor residual que persiste
una vez ingerido el alimento o bebida.
- Retrogusto: sensación gustativa
que se manifiesta a posteriori de la deglución del
alimento o bebida y no se percibía mientras dicho
alimento o bebida se hallaba dentro de la cavidad bucal.
- Sabor: percepción compleja compuesta
por los gustos básicos, la estimulación táctil
y trigeminal y el aroma.
Cuando un alimento ingresa en la cavidad bocal se comienza
con la masticación, acto que liberará moléculas
gustativas captadas por los poros gustativos estimulándolos
(percepción del gusto) y moléculas aromáticas
que, viajando a través de la vía nasofaríngea,
incidirán en la mucosa olfativa (percepción
del aroma). Además se perciben los estímulos
táctiles y kinestésicos (picor, ardor, pungencia,…).
La intensidad del sabor ira “in crescendo” hasta
alcanzar un máximo que, en oposición a lo que
intuitivamente pensado, alcanza su plenitud una vez que el
alimento dejó nuestras fauces. Lo mismo podemos referir
al acto de beber. Es el postgusto.
Este postgusto no es propio sólo del alimento sino
que está signado por su preparación: un pescado
al vapor presenta un sabor sutil, mientras que grillado tendrá
una intensidad de sabor mayor, el agregado de crema cambiará
su textura y una marinada podría ser capaz de llegar
a anular su sabor y conservar sólo la textura.
El postgusto o sabor residual está íntimamente
vinculado con la concordancia pues en el acto de la ingesta
de una comida vamos alternando entre vino y comida. Detengámonos
en el acto de comer: uno ingiere un bocado, otro, un tercero
o trozo de guarnición, bebe, conversa con los comensales
para ir alternando esta secuencia.
Ahora bien una vez que el alimento dejo la boca queda el
postgusto (aftertaste para los norteamericanos), puede surgir
la percepción del retrogusto, y la intensidad de ambos
se van disipando con el paso del tiempo (es una función
temporal I-T).

En el acto de comer, la alternancia evita el
tedio. Es decir que en el momento que la comida está
en la boca debemos percibir su sabor y su postgusto hasta
el instante en que ingrese un nuevo bocado o el vino, donde
comenzará a percibirse el sabor de éste y una
vez ingerido, su postgusto.
Veamos el caso de un alimento que presenta una intensidad
de sabor parecida a la intensidad de sabor del vino (ilustración
2). En dicho caso el comensal ingirió un bocado de
alimento y antes que desaparezca el postgusto de éste
bebió un sorbo de vino que terminó de borrar
los rastros del postgusto. A continuación llevó
a su boca un nuevo bocado del alimento y este acabó
con el sabor residual del vino. Es decir que nuestro comensal
en cada momento percibe lo que sucede dentro de su cavidad
bucal.
La alternancia de vino y comida (respuesta compuesta) permitió
la existencia de valles y cimas cuya dominancia fue de la
comida y a posteriori del vino.
¿Qué sucede si el mismo perfil
de vino es el elegido para un plato cuya intensidad y postgusto
son mayores?
Como era de esperar, la alternancia se da en
el lapso entre bocados percibiendo del vino sólo la
sensación de un líquido en la boca (ilustración
3).

Veamos otro caso. Ahora se decide maridar una
comida con un vino de alta intensidad de sabor y con un postgusto
relativamente corto.
En dichas condiciones lo que obtenemos es que
si bien podemos percibir el sabor de ambos, el postgusto del
alimento vuelve a aparecer. Sería el caso, por ejemplo,
de una comida con alto contenido de grasa (tapiza la boca)
y un vino con buena acidez y bajo tenor de taninos (ilustración
4).

También podemos tener el ejemplo inverso
donde un vino de potente sabor y marcado postgusto termine
opacando al plato. Podría tratarse de una comida sutil
con un vino con gran intensidad de sabor y prolongado postgusto
debido a los taninos. El comensal percibiría la masticación
de un sólido con sabor a vino (ilustración 5).

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